AUTOREGALOS

La primera vez que salí del hospital después de mi primera operación me llenaron de regalos. Las flores y los pañuelos fueron los más repetidos. Flores que llenaron mi casa de color por unos días y pañuelos que me acompañaron una larga temporada para proteger la cicatriz de mi cuello.

Con la segunda operación los regalos se repitieron. Más pañuelos, más flores, cesta de frutas… Todos querían hacer mi vida más bonita y yo no podía estar más agradecida.

Pero las operaciones siguieron, también los tratamientos y las visitas al hospital y poco a poco aprendí que esos regalos también podía hacérmelos a mí misma. Que yo era quien decidía qué recuerdos quería guardar tras cada paso por el hospital. Así que desde entonces, cada vez que me toca ir a revisión, me regalo algo. Spanishandsisters me lo ponen fácil, tienen la tienda más bonita de todo Pamplona y hacen que quiera volver por allí 😉 Tengo collares, pendientes, bolsos, pulseras (sí, he ido muchas veces al hospital) que me recuerdan que sigo aquí, cumpliendo sueños, viviendo mi vida, tomando decisiones que me hacen feliz. Porque no soy un diagnóstico. Tengo una enfermedad, sí, pero soy la persona que quiero ser y a esa persona le encanta comprarse pendientes.

EL ORO DE ÁFRICA

Esta foto cuenta dos historias. La mía, que después de varias operaciones y tratamientos médicos tenía la piel seca y apagada, y la de un grupo de mujeres africanas que elaboran este oro de África o manteca de karité.

Pocas cosas pueden gustarme menos que unos pies poco cuidados, ásperos y con los talones agrietados. Pero me tocó pasar por ello este último año. Yo lo achaco a los tratamientos con yodo radioactivo que tuvieron que darme en el hospital, que me resecaron muchísimo la piel. Y ahí comenzó mi búsqueda de la crema perfecta. Para el cuerpo no me costó mucho encontrarla, hay verdaderas maravillas en el mercado y superbien de precio, pero el tema pies se me estaba complicando. No terminaba de encontrar algo que además del efecto inmediato en el momento en el que te das la crema, me reparara y nutriera la piel. No quería un parche para un momento, vaya, sino un tratamiento que realmente recuperara mis pies. Y lo encontré en la farmacia (no sin antes haber probado distintas cremas con urea, sin ella, con más o menos aceites… sin el resultado esperado). 

Mi salvación, bueno, la de mis pies, se llama África Ouro Karité y es una manteca de karité 100% pura y ecológica. Hasta ahí todo relativamente normal, ¿verdad? Buen nombre, buen packaging y buen claim comercial. Pero cuando conocí la historia que tiene detrás, supe que íbamos a entendernos bien. 

Katia Simone recordaba cómo su madre, africana, cuidaba de su piel con la manteca de karite. Años más tarde, cuando se quedó embarazada de su hijo decidió hacer lo mismo y la manteca se convirtió en un imprescindible en su rutina de cuidados para ella y para el bebé. Compartió la experiencia y de ahí nació África Ouro Karité, la marca del oro africano puesta en marcha por Katia y un grupo de mujeres africanas. Porque las mujeres se han convertido en el motor de desarrollo de muchas comunidades en las que la extracción, la producción y hasta la comercialización del karité es tarea exclusiva de ellas. 

Por eso, cuando compras un tarro de AOK estás comprando bienestar para ti y empoderamiento para ellas, contribuyendo al mantenimiento de sus comunidades, a su desarrollo y a la inclusión de las mujeres en el mercado laboral, lo que favorece la reducción de la pobreza.

AOK tiene puntos de venta distribuidos por un montón de farmacias de nuestro país, puedes consultarlos aquí www.africaourokarite.com 

Si además eres fan de la sensorialidad de los productos, esta manteca tiene un olor a chocolate blanco que hace aún más placentero su uso. La tienes disponible en varios tamaños. 

Si la pruebas me encantaría saber si te ha resultado tan beneficiosa como a mí. ¿Eres amante de las manteca? ¿Conocías la historia de este oro africano?

BIENVENIDO, OCTUBRE

Tengo la sensación de que este año el tiempo se me escapa entre los dedos. No sé en qué momento se pasó el verano y se acabó septiembre. Pero me gustan octubre y el otoño.

Me gusta tener que ponerme una chaqueta porque refresca, el olor a tierra mojada, el crujir de las hojas secas al pisarlas, echar mano de la mantita como un acto reflejo cuando me siento en el sofá a leer, encender velas y que suene la música de otoño (porque el otoño tiene su propia música).

Me gustan las setas, los caquis, los higos y las calabazas. Me gusta calentarme las manos con un cucurucho de papel de periódico humeante lleno de castañas asadas compradas en algún puesto callejero. Me gusta salir a pasear por Anaga (Tenerife) y acabar en un guachinche con un plato de escaldón.

Me gusta estrenar mes en el calendario. 31 oportunidades en blanco para ir rellenando de cosas bonitas, anotando los cumpleaños de este mes, las citas importantes y las promesas a mí misma.

Me gusta celebrar la vida, aunque sea con mascarilla, con el bolso lleno de gel hidroalcohólico y aguantándome las ganas de abrazar. Porque estar aquí ya es una SUERTE.

Tengo la sensación de que este año el tiempo se me escapa entre los dedos. No sé en qué momento se pasó el verano y se acabó septiembre. Pero me gustan octubre y el otoño.

Me gusta tener que ponerme una chaqueta porque refresca, el olor a tierra mojada, el crujir de las hojas secas al pisarlas, echar mano de la mantita como un acto reflejo cuando me siento en el sofá a leer, encender velas y que suene la música de otoño (porque el otoño tiene su propia música).

Me gustan las setas, los caquis, los higos y las calabazas. Me gusta calentarme las manos con un cucurucho de papel de periódico humeante lleno de castañas asadas compradas en algún puesto callejero. Me gusta salir a pasear por Anaga (Tenerife) y acabar en un guachinche con un plato de escaldón.

Me gusta estrenar mes en el calendario. 31 oportunidades en blanco para ir rellenando de cosas bonitas, anotando los cumpleaños de este mes, las citas importantes y las promesas a mí misma.

Me gusta celebrar la vida, aunque sea con mascarilla, con el bolso lleno de gel hidroalcohólico y aguantándome las ganas de abrazar. Porque estar aquí ya es una SUERTE.