UN CÁNCER, UNAS BRAGAS Y UN BRINDIS

Así me presenté hace ahora 4 años en el hospital: con miedo y con las bragas puestas.

Con miedo porque era mi primera operación y no tenía ni la más remota idea de cómo sería aquello. Y con bragas, porque acostumbro a ir con ellas a todos lados y porque fue lo primero que me compró mi madre cuando le conté que me tocaba pasar por quirófano. Me trajo también un camisón, zapatillas «de hospital» y varios libros para entretenerme. Parecía más bien que me iba a pasar unos días a un balneario, pero la realidad fue la que fue.

Nada de camisón, por supuesto. Bata azul con el culo al aire (mi madre feliz porque así lucía mis bragas nuevas), descalza y con unos nervios que no me dejaban concentrarme en la lectura por mucho que lo intentara.

Tampoco tuve que esperar muchas horas, pero el tiempo se me hizo eterno hasta que por fin vinieron a recogerme y bajé al quirófano. ¡Allí había pingüinos! Por suerte, la amabilidad de todos los profesionales sanitarios hizo mucho más llevadero el trance. Crucé los dedos para que por favor no le temblara el pulso al cirujano por el frío que hacía. Ya que me iba a tener que rebanar el cuello para sacarme medio tiroides, al menos que le quedara recto, eso es lo que le pedía.

Estuve allí poco más de dos horas. Las siguientes fueron un ir y venir entre el sueño de la anestesia y la consciencia, perdida en algún punto intermedio. Sólo recuerdo pensar en decirle a mi madre que si había próxima vez (luego supe que sí la habría), nos dejáramos en paz de bragas y mejor comprar calcetines.

Tras aquella primera operación con bragas, en apenas 24 horas estaba de vuelta en casa. Todo había salido bien y según el médico me habían quitado sin problema el bulto que yo me notaba desde hacía tiempo en el cuello. Pero (la vida te pone muchos peros) a los quince días me llamaron del hospital.

Anatomía patológica había detectado un tumor en la mitad del tiroides que me habían quitado. Y el médico empezó a decir no se qué de cáncer, no se qué de operar otra vez… y yo miraba como si aquello no fuera conmigo a mi #caballerodelahoramenos que me acompañaba en la consulta. No podría ser real. ¡Pero vaya si lo fue!

Tanto, que salí de allí con fecha para una nueva cirugía y sensaciones encontradas: ¿sería posible sentir al mismo tiempo temor y seguridad, rabia y optimismo? ¿Se supone que me tengo que meter en casa a llorar? Pues no me apetece. ¿Cómo debería canalizar todo esto? ¿Alguien sabe?

No se nos ocurrió mejor manera que con unos vinos y una ración de camarones. Y aquella tarde comencé a celebrar la vida, pero de verdad. Brindando por un cáncer, por la suerte que tuve al detectar aquél bulto, de someterme a la primera operación por prevención y de poder seguir disfrutando de la vida. 

Ahora, como entenderás, brindo por todo (he dejado el vino y me he pasado al agua con gas por si acaso). Y no estoy loca, es que estoy VIVA.



HE NACIDO MUCHAS VECES

He nacido muchas veces, sí. La oficial fue el 29 de mayo de 1981 a las 7 de la mañana en un paritorio del Hospital de Salamanca. Por lo que cuentan fue un día bonito. Primavera, primer bebé de la familia, tenía todo a mi favor. Con el paso de los años me he enterado de que hubo sorpresa porque esperaban un Daniel y salió una Esther, así que los primeros meses mi vida fue muy azul.

Pues desde entonces no he parado de volver a nacer. Lo hice el día en que decidí dejarlo todo para volver a tenerlo todo; el día que salí de Salamanca para emprender una nueva vida a 2.000 kilómetros. En ese momento nació una nueva toque sigue dándome sorpresas y alegrías a partes iguales.

Volví a nacer el primer día que escuché la palabra cáncer en boca de mi médico, el día de mi primera operación, y el de la segunda y el de la tercera. Y aquí sigo, renaciendo cada vez que lo considero necesario. Está guay: viajas, conoces gente (demasiados quirófanos para mi gusto, eso sí) y con cada nacimiento te conviertes en una mejor versión de ti mismo y, de repente, tu vida se ha llenado de cumpleaños y de ocasiones que celebrar.

Hoy es miércoles y aquí estamos, ¿acaso nos parece poco?